Desde Seúl, Seoraksan y Sokcho reúnen en dos días la montaña, la espiritualidad budista y la vida costera de una Corea que se descubre más allá del bullicio urbano.

A poco más de dos horas de Seúl, las siluetas oscuras de las montañas de Seoraksan dominan la costa luminosa de Sokcho, abierta al mar del Este. Esta región de contrastes está lo bastante cerca de la capital como para integrarse fácilmente en un viaje a Corea del Sur. Sin embargo, merece algo más que una excursión apresurada de ida y vuelta.
En dos días, esta escapada reúne tres facetas de Corea: la montaña, las tradiciones budistas y la vida marítima de Sokcho, tal como la viven los propios coreanos.
“Seoraksan permite comprender muy bien por qué Corea es conocida por sus rutas de senderismo. Una caminata de dos o tres horas basta para disfrutar de paisajes impresionantes, sin que sea difícil llegar hasta allí”, resume Loïc, experto en viajes francófono de Asia My Way en Corea del Sur.

Loïc suele recomendar prolongar la experiencia con una noche en Sokcho, en lugar de regresar esa misma tarde.
Seoraksan, la montaña a distintos ritmos
Sus picos de granito, sus desfiladeros boscosos, sus torrentes y cascadas convierten el Parque Nacional de Seoraksan en uno de los grandes paisajes montañosos de Corea del Sur.
Reconocido por la UNESCO como reserva de biosfera desde 1982, el lugar atrae tanto a senderistas experimentados como a quienes solo desean alejarse de la ciudad durante unas horas.

Sus rutas son muy variadas. Algunas exigen una buena condición física y varias horas de esfuerzo, mientras que otras permiten acercarse al macizo de una forma mucho más accesible.
Para una primera experiencia, Loïc recomienda combinar el teleférico con la ruta que conduce a las cascadas de Biryong. “El trayecto en teleférico es muy rápido y lleva directamente a un mirador con vistas panorámicas. Cuando el tiempo lo permite, el paisaje es magnífico. Incluyendo el tiempo que se pasa allí, la visita dura aproximadamente una hora. Después, los viajeros pueden seguir la ruta fácil hacia las cascadas”, explica.

La ruta, de aproximadamente una hora y media ida y vuelta, presenta poco desnivel y resulta muy adecuada para senderistas principiantes. Su interés reside menos en las propias cascadas que en el camino hasta ellas: un recorrido entre bosques, gargantas rocosas, cursos de agua y un puente colgante.
Con el cielo despejado, Seoraksan despliega sus crestas de granito y sus amplios panoramas. Sumergida en la niebla, la montaña muestra un rostro completamente distinto. Las cumbres se desvanecen, los pinos aparecen y desaparecen en un misterioso juego de sombras, mientras las paredes rocosas parecen surgir de la nada. El clima no se limita a modificar las vistas: transforma por completo la atmósfera de la caminata.

Sinheungsa, una presencia espiritual en el corazón del parque
Pero Seoraksan no se limita a sus senderos. El parque alberga también uno de los grandes templos budistas de la región, Sinheungsa, cuya entrada está marcada por la imponente estatua de bronce del Buda de la Gran Unificación, especialmente sobrecogedora cuando emerge entre los pinos y la niebla.
El templo aporta una dimensión espiritual al descubrimiento del macizo. Después de la caminata vienen los patios, los pabellones y los detalles pintados de la arquitectura budista coreana. Naturaleza y espiritualidad no constituyen aquí dos visitas separadas, sino dos maneras complementarias de acercarse a la montaña.

Por qué pasar la noche en Sokcho
Es posible ir a Seoraksan desde Seúl y volver en el mismo día. Sin embargo, pasar una noche en Sokcho permite disfrutar mejor de la experiencia de la montaña y adentrarse después en el alma de la región: el paso de la montaña al mar cobra entonces todo su sentido.
“Sokcho es una ciudad donde uno se toma su tiempo”, señala Loïc. El puerto, el mercado frecuentado por los vecinos, la playa y los pequeños alojamientos junto al mar hacen de ella lo que describe como “una etapa 100 % local”. Se viene menos a encadenar visitas que a sentir el pulso de la vida cotidiana y, en sus palabras, a “viajar como un local”.
Esta ciudad sencilla no acumula monumentos imprescindibles. Precisamente ahí reside parte de su encanto. Sokcho se descubre sin prisas: caminando por la playa, observando la actividad del puerto, recorriendo su mercado o deteniéndose en un café frente al mar.

El pabellón de Yeonggeumjeong, unido a la costa por una pasarela, ofrece una de las vistas más hermosas al mar. Después de los valles encajonados y los bosques de Seoraksan, el horizonte parece extenderse aquí hasta el infinito. Ese contraste da coherencia a la escapada: la montaña el primer día; la luz y el aire marino, al día siguiente.
Otra manera de salir de Seúl
En dos días y una noche, Seoraksan y Sokcho forman una escapada fácil de integrar en un viaje a medida por Corea del Sur. Se deja atrás Seúl para adentrarse en los senderos y templos de la montaña, antes de llegar a la playa, el puerto y la vida tranquila del litoral: una forma de entrever otra Corea, entre la niebla de las cumbres y la luz del mar.
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